viernes, 3 de abril de 2015

El Quijote de papel



Precisar sobre qué escribir resulta un ejercicio bastante complejo de por sí, pero si esta pretensión literaria nos conduce al relato de una historia con nombre y apellido, con pasiones y decepciones, como cualquiera de los mortales, los estigmas de nuestra propia historia nos convierten, inexorablemente, en un amasijo de contradicciones. Tal vez sea ESA la verdadera causa y consecuencia de esta historia.


Miguel Guerrero era un joven común y corriente, más corriente que común, con una vida que de rutinaria tenía todo: por las mañanas era un mecánico de oficio, mediocre, bastante distante de esos genios dignos de ser biografiados o al menos de aquél hombre común que algo distinto aporta a la labor; él era, más bien, uno como cualquier otro, de los que intentan trabajar dignamente mientras sueñan que la vida les dará esa ventana de luz que todos buscamos.

Por las noches, cuando la grasa inserta en los poros de su piel y el cansancio propio de su profesión se lo permitían era escritor, escribía para mudarse de apartamento, de vida, para cambiar de trabajo y de nombre, para vivir aventuras, vencer piratas somalíes: el seducía a las palabras, que tal vez más por pasión de escritor que por calidad, cumplían todos sus deseos.

En el día, entre llaves y herramientas se concentraba en su trabajo pero en las noches, largas y solitarias era cuando realmente se sentía feliz: descendiendo hasta calabozos oscuros para encontrar grandes peligros y derrotarlos con la gallardía propia de un caballero de la edad media, o convertirse en un amante clandestino en la Irlanda que nunca había conocido (ni conocería), o el reportero estrella del New York Times que investiga los extraños sucesos de un asesino serial en Manhattan con mayor acierto que la N.Y.P.D.

Poco a poco Miguel se fue aferrando a ese mundo de fantasías, de irrealidades, pero uno que al fin y al cabo era lo más cercano que conocía a la felicidad, su vida continuaba rutinariamente bien, el trabajo en el taller le permitía cubrir los gastos mínimos para sobrevivir en el apartamentico que compartía con sus padres; no ansiaba ser un intelectual, un tecnócrata de las letras, aunque tenía planteado, eventualmente, estudiar cualquier carrera corta y fácil, pensaba que lo mejor que podía hacer por el orgullo de sus padres era regalarles un título, únicamente para que adornaran la sala del apartamento y por fin desecharan esa detestable copia de Van Gogh.

Sin embargo, había algo que velaba su mente con mayor ahínco y le traqueteaba en la cabeza una y otra vez: desde hacía mucho tiempo era un ser solitario, y creía haber entendido porqué: ninguna mujer le resultaba perfecta, al parecer a todas solía faltarle algo que le hiciera interesarse realmente: algunas tenían un rostro precioso, de muñeca, pero parecían estar vacías de alma; otras eran muy agradables e inteligentes pero muy gorditas para el gusto de Miguel; a unas les sobraba el dinero pero ostentaban un pésimo gusto al vestir, y otras tenían una hermosa piel y bonitos ojos mientras padecían de una terrible halitosis.

Miguel tenía la terrible cualidad para hallarle defectos a cualquier mujer que le demostrase el más mínimo interés, y esta extraña situación ya llevaba acompañándolo desde hace unos 6 años haciéndose tan insoportable como estoica.

Un día de esos en los que la estupidez hace estragos en las almas solitarias, Miguel resueltamente decide buscarle una solución a ese problema de una manera poco ortodoxa: escribiría al detalle a su mujer perfecta: sus pies, sus rodillas, sus muslos, su vientre, sus pechos, sus brazos, su cuello, su cara, sus ideas, sus valores. Deicidio hacerlo con el único propósito de tener una vaga idea de la mujer que podría realmente desear, luego habría tiempo para encontrarla, irreal o no al menos ya tendría una referencia.

Y así comenzó el experimento, Miguel escribía sin cesar: detallaba cada parte del cuerpo de su amor imaginario con una exactitud rallante en lo pasmosa, con cada palabra hasta el lector más tonto podría imaginar la belleza de aquella mujer que con los días iba convirtiéndose en su mayor ilusión, podía pasar semanas enteras simplemente detallando la firmeza y lozanía de los muslos de su hermosa Frankenstein literaria.

Pero lo verdaderamente difícil lo descubrió cuando advirtió que debía convertirse en el Monet de su cabeza: definir su personalidad, sus ideas, sus anhelos, sus lugares, hobbies, deseos, pasiones, decepciones, sabores favoritos, aromas; descubrió que no era tan sencillo describir a una mujer perfecta, al menos no si quieres hacerlo correctamente.

Luego de siete meses, Miguel seguía imaginando a aquella mujer que deseaba alguna vez poder encontrar, protagonista de una búsqueda que siempre estuvo más en sus pensamientos que en las calles pero ya no la buscaba como al principio, para delinear a su mujer perfecta y nada más que eso, quizás hasta como un ejercicio literario, ahora aquella imagen, aquella mujer, podía significar una idea, aunque difusa, de lo que podía ser el amor. En algún momento Miguel, en su mente, ató la idea de aquella irreal mujer con lo real de la compañía femenina.

La buscó en el metro, en el bus, en la Universidad, en las calles, siempre la buscaba pero ninguna se parecía a esa que solo él conocía y de la que cada vez se enamoraba más y más, aun y cuando entre su historia y la realidad, no había más que un par de cuadernos: definitivamente ella y su búsqueda se habían convertido en el asunto más importante de su vida.

─ ¿Qué haces con tu vida Miguel? ¿A quién buscas? – le preguntó un día al tipo que lo miraba en el reflejo.

Como respuesta solo tenía una mirada perdida frente al espejo y una evasiva sonrisa. De inmediato apartaba la mirada y se dedicaba a acometer la tarea que tuviese entre manos; nunca cuestionándose si era sano seguir esperando que aquella mujer surgiera de la nada.

Miguel despertó una madrugada sudoroso de delirios, con una idea apoderada de cada uno de sus pensamientos, misma que decidió combatir aunque sin decisión alguna:

Miguel por Dios, basta, ¿Cómo vas a pretender hablar con el papel? ¿Crees que te va a contestar o estas apostando a la locura total?

─ Es la única manera en que puedo aferrarme a una mujer, mírame, no tengo dinero, no soy gran cosa, mi físico no está en su mejor condición, así que si quiero una mujer perfecta, aquí la tengo: es ella. Por primera vez se respondía a sí mismo, por primera vez tenía las agallas de argumentar alguna clase de respuesta, al menos en su mente.

─ Está bien, digamos que hablas con ella, que le escribes algo o como quieras, ¿Qué harás si te responde? ¿Has pensado en eso?

─ Esa es la idea ¿no? Hablar con otra persona y que esta te responda, esa es la idea básica de un dialogo. A veces no sé de donde sacas lo que escribes.

─ No te vengas con rodeos, dime: ¿Qué harás si esta “mujer” te responde?

─ Asumo que sucumbiré a la locura y listo, durante muchos meses he preferido regodearme en el sabor de lo irreal para no enfrentar la amargura de la realidad. ¿Qué más le queda a un hombre como yo?

─ Vale, esa es la solución entonces: sucumbir a la locura. Si estás dispuesto a aceptar las consecuencias que ello conlleva adelante, creo que ya eres suficientemente adulto para enfrentar las consecuencias.

─ Es así, me despido de ti por si no vuelvo. Adiós.

Así fue como Miguel tomó la resolución de despedirse de una parte de sí mismo y abrazar a otra. Decidió empezar de una vez: no había razones para postergarlo, sentía en su estomago esa sensación de emoción que se siente cuando estás a punto de entrar a una reunión donde no conoces a nadie: ansiedad con deseo, creo que esa es la mejor manera de explicarlo.

Empezó, torpemente, a escribir lo que quería decir, pero descubrió que le fastidiaba y le resultaba poco creíble, aún cuando de ellas, de las mismas palabras en el papel, hubiese surgido esta mujer: así que de su imaginación fue construyendo su voz, sus palabras, su entonación, su acento, su verdadera y última historia… 

Lucía… Lucia resultó ser el nombre de la misteriosa mujer y mientras la iba descubriendo un poco más, fue conociéndola o tal vez conociéndose, entendiendo que este “amor” ya había pasado los límites de su propia voluntad, ella le contaba de su vida, de sus amigas, él la escuchaba calladamente, pocas veces le interrumpía con comentarios sobre algún detalle cotidiano. Se aferró a lo que algún día leyó de Pessoa: “que no hay error humano ni literario en atribuir un alma a las cosas que llamamos inanimadas”.

Procuraba mantener sus “conversaciones” puramente mentales y absolutamente secretas (no quería que la gente empezara a pensar que estaba loco). Usaba esos pequeños momentos en los que podía relajarse y “hablaba” con ella; también solía describir su vida, quizás con algún agrandamiento oportuno pero siempre con una sonrisa en la cara. Esa sonrisa de estúpido que todo hombre se ha dado a la tarea de tener alguna vez.

Entre alguna conversación, en alguna tarde de ocio, Miguel le preguntó a Lucía:

¿Me quieres?
La vida entera.

Esas tres palabras hicieron que Miguel se enamorara perdidamente de ella (¿ella?), al punto de consagrar su vida a la mágica compañía de su amante de papel.

Ya le había restado toda importancia que pudiese haber tenido las opiniones de los demás, podía pasarse horas ensimismado, hablando prácticamente al aire, mirando hacia un punto vacío, dialogando con una persona que no existía pero que el anhelaba y a la cual, aún inexistente, no se atrevía a confesarle que le amaba con delirios de poeta renacentista.

Fue así como Miguel, de a poco, se fue alejando de sus amigos, abandonando finalmente la búsqueda de la Lucía de carne y hueso; su única relación con el mundo real era el trabajo al cual continuaba asistiendo por mera necesidad ya que de haber podido se habría ido al lugar que Lucía hubiese escogido para formar un hogar juntos.

Esa mañana la madre de Miguel que desde hace algún tiempo venía observando que algo en él no estaba bien, lo encontró hablando solo en lo que parecía un romántico desayuno en una mesa para dos, diciéndole a su Lucía que la amaba y que no encontraría nunca una mujer como ella; su madre, sin inmutarse, nada intentó, pues reconoció en la mirada del joven enamorado, una locura infinita, mucho más allá del simple embeleso, era la locura del romántico, la locura del amor de Quijote, la más hermosa y real de las locuras. Esta era una locura de la cual su madre sabía que no volvería.

Así entonces en los días sucesivos arregló todo para que su hijo fuera a vivir a una vieja casa, que perteneció a sus abuelos, en las afueras de la ciudad, lejos de terapias, hospitales psiquiátricos y prejuicios; viviendo, o fingiendo hacerlo, en lo más parecido al hogar de sus sueños, así pasaron los días de Miguel Guerrero, y las semanas y los meses, en aquel lugar donde a diario cerca del rio, buscaría las flores que entregaba a su amada cada tarde.

Días antes de morir, Miguel escribió en la última hoja del cuaderno que atesoraba la vida de Lucia “El lápiz y el papel fueron mis amigos, me regalaron el más hermoso de los amores y se convirtieron en los más compasivos verdugos”.