martes, 13 de octubre de 2015

AUTOBUS 52

La temperatura ha llegado a tope de 32 grados centígrados, las personas poca atención le dan a la alarmante información ofrecida por el locutor de radio, en realidad todos parecen bastante despreocupados por el reporte del tiempo: igual saben que se deben esconder del astro rey tras la blindada piel del vidrio.

Por la parada por favor - se escuchó a lo lejos una borrosa voz, dando indicaciones desde el otro extremo de la galaxia. Una señora que arrastra un niño de la mano (el infame pero infaltable llanto del infante cubre los oídos de todo aquel que no ha sucumbido en el sopor de este cajón metálico), en la otra mano, un bolso escolar trepado como koala sobre su extremidad.

Natalia por fin decidió desvestir su rostro, revelar aquello que la viene preocupando desde que se montó en este ¿vehículo?; el reloj de arena alojado en la boca del estomago la hace estremecer con cada grano, le preocupa ser víctima de miradas aunque ella permanece aun invisible para el resto de pasajeros: cada quien anda ocupado en el fiel cumplimiento de su rutina diaria. Los colegiales, el que nunca llega temprano al trabajo, los chiquillos que lloran como si estuviese lloviendo, la cesta de hacer mercado custodiada por un par de piernas ya flácidas, cansadas de 47 años de lo mismo. La dislexia de la cotidianeidad les hace imposible observar quimérica pareja.

La calva voz fue remplazada por una balada de los '80, "yo soy rebelde porque el mundo me hizo así" - canturrea una señora con nostálgica garganta.

Parsimoniosamente, Natalia comenzó a deslizar hacía el sur un viejo sweater como si se tratase de una santamaría, prenda del uniforme colegial con olor a flores que amurallaba su cleopátrico rostro y se detiene en unos pechos pronunciados, mientras anuncia la trágica noticia; a su lado se encuentra un muchacho con ojos vidriosos que, disimuladamente, seca una de sus lágrimas que brota de su tez morena, apenas se limita a respirar con un poco de dificultad, se siente cansado, agotado sin haber corrido, diáfana y dolorosamente retira sus lentes, hundiendo suavemente los dedos sobre sus ojos cerrados hasta que el rojo doblega el azul tras sus párpados.

Dime algo - susurró Natalia. Ella no se atreve a romper el silencio que mantiene atado a ambos, prefiere que la canción hable por ella: "porque nadie me ha tratado con amor". Él permanece ensimismado, se encuentra en otro viaje, muy distinto al resto de los pasajeros.

Una parada en seco, el animal se detiene, tiene hambre, desea seguir devorando gente. Uno a uno comienzan a ingresar en su metálico intestino, son demasiados, tras una breve pausa la bestia sigue engullendo sin resistencia ni aparente saciedad los cuerpos que voluntariamente se prestan para ello; sin pretensión de escape, un avezado sombrero se rehúsa a seguir, se queda en la boca de la bestia, ella tampoco desea luchar: ya habrán más. Se escucha un eructo en el tubo de escape, continúa con su marcha por la ciudad.

Natalia toma las manos del condenado, ya está segura del padecimiento, él tiene el pulso adormitado, intenta besarlo pero él no responde, ella retira sus labios para reanimarlo con unas palabras, pero nada, no reacciona. El sombrero los ve, la barba descifra la historia, frunce el ceño y hace una pequeña mueca: poco le importa que el condenado lo vea.

Aquél a quien Natalia castigó en algún momento con sus palabras, despierta de su letargo de un salto, no se había percatado que sus manos aún siguen conectadas a esa perfecta máquina con olor a flores, el pulso, el sombrero, la mueca, el llanto, el calor, el inevitable calor la máquina de flores, de flores.

Ella se desespera, necesita finalizar con el ritual cuanto antes, sabe que tiene poco tiempo para lograr la metamorfosis, y decidida a ello toma el rostro de su interlocutor, le besa, él le huye al gesto pues ahora le toca llevar el mando, el ardor lo hace moverse un poco, él no escapa de ella pero siempre con el control en las manos: el invasor que no quiso ser devorado y que le recuerda que los hombres no se arrodillan ni lloran.

La bestia se detiene, hay una pausa, son vomitados por el animal en la parada Nápoles. Ambos sienten la liviandad del exterior, cada uno a su manera, cada uno creyendo algo distinto: alguien tendrá que imponerse.

Ella sin pena le toca, le recuerda la noticia que lo colocó triste, y deja caer un par de lágrimas de cocodrilo, lo besa, susurra promesas que sabe que sus hormonas no podrán cumplir. Finalmente, a Natalia se le es permitido un par de besos, con el ímpetu derrotero con que un enfermo terminal acepta con estoicismo su destino.

Caminan entre miradas gachas, manos perdidas al sur del ecuador, se avista un portal en una calle ciega. Punto de quiebre: alguien tendrá que imponerse.

El moreno rostro de ojos rojos cambia, las pupilas se dilatan, no hay más canciones ni paradas, no hay talismanes ni conjuros para huir del laberinto de extremidades, todo es silencio, respiración agitada y ansiedad. Las facciones son más duras, lentamente comienza a despertar los sentidos, él tiene hambre y sed a sangre, ella es embestida con fuerza, con furia, con rabia, anhelaba ser amada con el odio que se tienen los amantes, las ropas se mantienen a medias sobre los cuerpos de quienes decidieron hacer de aquel portal su particular espacio de sexo y odio.

Las garras lastiman deliciosamente la piel de Natalia, pero no se queja, jadea, ella goza con el maltrato ahora, ahora es ella quien se entrega, se deja ir, pasó de cazador a presa en un arrebato, quería ser poseída con ansías de animal enjaulado harta del niñato que le daba chocolates a la salida.

Ella llora, llora de felicidad por su tragedia, sabe que desde ese momento no será la única oveja mordida en las noches por aquel infeliz lobo, ella llora, sabe que nada va a ser lo mismo desde que fueron tragados aquel día en el autobús 52.

viernes, 3 de abril de 2015

El Quijote de papel



Precisar sobre qué escribir resulta un ejercicio bastante complejo de por sí, pero si esta pretensión literaria nos conduce al relato de una historia con nombre y apellido, con pasiones y decepciones, como cualquiera de los mortales, los estigmas de nuestra propia historia nos convierten, inexorablemente, en un amasijo de contradicciones. Tal vez sea ESA la verdadera causa y consecuencia de esta historia.


Miguel Guerrero era un joven común y corriente, más corriente que común, con una vida que de rutinaria tenía todo: por las mañanas era un mecánico de oficio, mediocre, bastante distante de esos genios dignos de ser biografiados o al menos de aquél hombre común que algo distinto aporta a la labor; él era, más bien, uno como cualquier otro, de los que intentan trabajar dignamente mientras sueñan que la vida les dará esa ventana de luz que todos buscamos.

Por las noches, cuando la grasa inserta en los poros de su piel y el cansancio propio de su profesión se lo permitían era escritor, escribía para mudarse de apartamento, de vida, para cambiar de trabajo y de nombre, para vivir aventuras, vencer piratas somalíes: el seducía a las palabras, que tal vez más por pasión de escritor que por calidad, cumplían todos sus deseos.

En el día, entre llaves y herramientas se concentraba en su trabajo pero en las noches, largas y solitarias era cuando realmente se sentía feliz: descendiendo hasta calabozos oscuros para encontrar grandes peligros y derrotarlos con la gallardía propia de un caballero de la edad media, o convertirse en un amante clandestino en la Irlanda que nunca había conocido (ni conocería), o el reportero estrella del New York Times que investiga los extraños sucesos de un asesino serial en Manhattan con mayor acierto que la N.Y.P.D.

Poco a poco Miguel se fue aferrando a ese mundo de fantasías, de irrealidades, pero uno que al fin y al cabo era lo más cercano que conocía a la felicidad, su vida continuaba rutinariamente bien, el trabajo en el taller le permitía cubrir los gastos mínimos para sobrevivir en el apartamentico que compartía con sus padres; no ansiaba ser un intelectual, un tecnócrata de las letras, aunque tenía planteado, eventualmente, estudiar cualquier carrera corta y fácil, pensaba que lo mejor que podía hacer por el orgullo de sus padres era regalarles un título, únicamente para que adornaran la sala del apartamento y por fin desecharan esa detestable copia de Van Gogh.

Sin embargo, había algo que velaba su mente con mayor ahínco y le traqueteaba en la cabeza una y otra vez: desde hacía mucho tiempo era un ser solitario, y creía haber entendido porqué: ninguna mujer le resultaba perfecta, al parecer a todas solía faltarle algo que le hiciera interesarse realmente: algunas tenían un rostro precioso, de muñeca, pero parecían estar vacías de alma; otras eran muy agradables e inteligentes pero muy gorditas para el gusto de Miguel; a unas les sobraba el dinero pero ostentaban un pésimo gusto al vestir, y otras tenían una hermosa piel y bonitos ojos mientras padecían de una terrible halitosis.

Miguel tenía la terrible cualidad para hallarle defectos a cualquier mujer que le demostrase el más mínimo interés, y esta extraña situación ya llevaba acompañándolo desde hace unos 6 años haciéndose tan insoportable como estoica.

Un día de esos en los que la estupidez hace estragos en las almas solitarias, Miguel resueltamente decide buscarle una solución a ese problema de una manera poco ortodoxa: escribiría al detalle a su mujer perfecta: sus pies, sus rodillas, sus muslos, su vientre, sus pechos, sus brazos, su cuello, su cara, sus ideas, sus valores. Deicidio hacerlo con el único propósito de tener una vaga idea de la mujer que podría realmente desear, luego habría tiempo para encontrarla, irreal o no al menos ya tendría una referencia.

Y así comenzó el experimento, Miguel escribía sin cesar: detallaba cada parte del cuerpo de su amor imaginario con una exactitud rallante en lo pasmosa, con cada palabra hasta el lector más tonto podría imaginar la belleza de aquella mujer que con los días iba convirtiéndose en su mayor ilusión, podía pasar semanas enteras simplemente detallando la firmeza y lozanía de los muslos de su hermosa Frankenstein literaria.

Pero lo verdaderamente difícil lo descubrió cuando advirtió que debía convertirse en el Monet de su cabeza: definir su personalidad, sus ideas, sus anhelos, sus lugares, hobbies, deseos, pasiones, decepciones, sabores favoritos, aromas; descubrió que no era tan sencillo describir a una mujer perfecta, al menos no si quieres hacerlo correctamente.

Luego de siete meses, Miguel seguía imaginando a aquella mujer que deseaba alguna vez poder encontrar, protagonista de una búsqueda que siempre estuvo más en sus pensamientos que en las calles pero ya no la buscaba como al principio, para delinear a su mujer perfecta y nada más que eso, quizás hasta como un ejercicio literario, ahora aquella imagen, aquella mujer, podía significar una idea, aunque difusa, de lo que podía ser el amor. En algún momento Miguel, en su mente, ató la idea de aquella irreal mujer con lo real de la compañía femenina.

La buscó en el metro, en el bus, en la Universidad, en las calles, siempre la buscaba pero ninguna se parecía a esa que solo él conocía y de la que cada vez se enamoraba más y más, aun y cuando entre su historia y la realidad, no había más que un par de cuadernos: definitivamente ella y su búsqueda se habían convertido en el asunto más importante de su vida.

─ ¿Qué haces con tu vida Miguel? ¿A quién buscas? – le preguntó un día al tipo que lo miraba en el reflejo.

Como respuesta solo tenía una mirada perdida frente al espejo y una evasiva sonrisa. De inmediato apartaba la mirada y se dedicaba a acometer la tarea que tuviese entre manos; nunca cuestionándose si era sano seguir esperando que aquella mujer surgiera de la nada.

Miguel despertó una madrugada sudoroso de delirios, con una idea apoderada de cada uno de sus pensamientos, misma que decidió combatir aunque sin decisión alguna:

Miguel por Dios, basta, ¿Cómo vas a pretender hablar con el papel? ¿Crees que te va a contestar o estas apostando a la locura total?

─ Es la única manera en que puedo aferrarme a una mujer, mírame, no tengo dinero, no soy gran cosa, mi físico no está en su mejor condición, así que si quiero una mujer perfecta, aquí la tengo: es ella. Por primera vez se respondía a sí mismo, por primera vez tenía las agallas de argumentar alguna clase de respuesta, al menos en su mente.

─ Está bien, digamos que hablas con ella, que le escribes algo o como quieras, ¿Qué harás si te responde? ¿Has pensado en eso?

─ Esa es la idea ¿no? Hablar con otra persona y que esta te responda, esa es la idea básica de un dialogo. A veces no sé de donde sacas lo que escribes.

─ No te vengas con rodeos, dime: ¿Qué harás si esta “mujer” te responde?

─ Asumo que sucumbiré a la locura y listo, durante muchos meses he preferido regodearme en el sabor de lo irreal para no enfrentar la amargura de la realidad. ¿Qué más le queda a un hombre como yo?

─ Vale, esa es la solución entonces: sucumbir a la locura. Si estás dispuesto a aceptar las consecuencias que ello conlleva adelante, creo que ya eres suficientemente adulto para enfrentar las consecuencias.

─ Es así, me despido de ti por si no vuelvo. Adiós.

Así fue como Miguel tomó la resolución de despedirse de una parte de sí mismo y abrazar a otra. Decidió empezar de una vez: no había razones para postergarlo, sentía en su estomago esa sensación de emoción que se siente cuando estás a punto de entrar a una reunión donde no conoces a nadie: ansiedad con deseo, creo que esa es la mejor manera de explicarlo.

Empezó, torpemente, a escribir lo que quería decir, pero descubrió que le fastidiaba y le resultaba poco creíble, aún cuando de ellas, de las mismas palabras en el papel, hubiese surgido esta mujer: así que de su imaginación fue construyendo su voz, sus palabras, su entonación, su acento, su verdadera y última historia… 

Lucía… Lucia resultó ser el nombre de la misteriosa mujer y mientras la iba descubriendo un poco más, fue conociéndola o tal vez conociéndose, entendiendo que este “amor” ya había pasado los límites de su propia voluntad, ella le contaba de su vida, de sus amigas, él la escuchaba calladamente, pocas veces le interrumpía con comentarios sobre algún detalle cotidiano. Se aferró a lo que algún día leyó de Pessoa: “que no hay error humano ni literario en atribuir un alma a las cosas que llamamos inanimadas”.

Procuraba mantener sus “conversaciones” puramente mentales y absolutamente secretas (no quería que la gente empezara a pensar que estaba loco). Usaba esos pequeños momentos en los que podía relajarse y “hablaba” con ella; también solía describir su vida, quizás con algún agrandamiento oportuno pero siempre con una sonrisa en la cara. Esa sonrisa de estúpido que todo hombre se ha dado a la tarea de tener alguna vez.

Entre alguna conversación, en alguna tarde de ocio, Miguel le preguntó a Lucía:

¿Me quieres?
La vida entera.

Esas tres palabras hicieron que Miguel se enamorara perdidamente de ella (¿ella?), al punto de consagrar su vida a la mágica compañía de su amante de papel.

Ya le había restado toda importancia que pudiese haber tenido las opiniones de los demás, podía pasarse horas ensimismado, hablando prácticamente al aire, mirando hacia un punto vacío, dialogando con una persona que no existía pero que el anhelaba y a la cual, aún inexistente, no se atrevía a confesarle que le amaba con delirios de poeta renacentista.

Fue así como Miguel, de a poco, se fue alejando de sus amigos, abandonando finalmente la búsqueda de la Lucía de carne y hueso; su única relación con el mundo real era el trabajo al cual continuaba asistiendo por mera necesidad ya que de haber podido se habría ido al lugar que Lucía hubiese escogido para formar un hogar juntos.

Esa mañana la madre de Miguel que desde hace algún tiempo venía observando que algo en él no estaba bien, lo encontró hablando solo en lo que parecía un romántico desayuno en una mesa para dos, diciéndole a su Lucía que la amaba y que no encontraría nunca una mujer como ella; su madre, sin inmutarse, nada intentó, pues reconoció en la mirada del joven enamorado, una locura infinita, mucho más allá del simple embeleso, era la locura del romántico, la locura del amor de Quijote, la más hermosa y real de las locuras. Esta era una locura de la cual su madre sabía que no volvería.

Así entonces en los días sucesivos arregló todo para que su hijo fuera a vivir a una vieja casa, que perteneció a sus abuelos, en las afueras de la ciudad, lejos de terapias, hospitales psiquiátricos y prejuicios; viviendo, o fingiendo hacerlo, en lo más parecido al hogar de sus sueños, así pasaron los días de Miguel Guerrero, y las semanas y los meses, en aquel lugar donde a diario cerca del rio, buscaría las flores que entregaba a su amada cada tarde.

Días antes de morir, Miguel escribió en la última hoja del cuaderno que atesoraba la vida de Lucia “El lápiz y el papel fueron mis amigos, me regalaron el más hermoso de los amores y se convirtieron en los más compasivos verdugos”.

domingo, 22 de marzo de 2015

El libreto del Slump

No hay contacto bate pelota y la banca o las menores se perfilan como opciones bastante probables para alguien que hace rato que no esta en su temporada de novato.
Cuando se asume el slump, como paciente bateador sé que es cuestión de turnos salir del mismo, pero el tiempo no es infinito y algo es seguro: desde la banca NO se batea, así que manos a la obra, la intención es seguir jugando con esos escenarios tan diversos que impone la vida y sus circunstancias.

Si no doy la talla en las mayores, me considero demasiado inmaduro como para salir por la puerta grande, siempre puedo culpar al manager, a algún coach, al árbitro y su zona de strike o a quien sea; chivos expiatorios me sobran, nunca he dudado en usarlos.

Siempre hay otras ligas, en televisión las veo, obviamente no son las mayores pero aparentemente yo tampoco pertenezco a ellas, en el fondo es un consuelo saber que en mi país siempre seré una celebridad pese a que no siga en las grandes, o aún cuando hace tiempo que ni asomo a la AAA.

Obviamente eso de la “fatiga extrema” me hace un favor, creo que no podría cambiar Palm Springs por una liga donde seguro terminaría sumergido en vasos plásticos de cerveza; sin embargo, no todo es malo continuamente intento escapar de la seguridad de mi homeland para festejar como Dios quiso.

Además, puedo jugar con otras cosas: he escuchado que a más de uno le ha ido bien con eso de la política (otra de las ligas en las cuales solía jugar), y así quizás, finalmente pueda callar la boca de aquella profesora (Marta creo que era su nombre) que me decía que si no culminaba el bachillerato no podría ser nadie ¿se imaginan al estelar Raúl Guevara de shortstop a ministro?

Quizás no sepa mucho de eso de ser Ministro, pero si aquel que cantaba y jugaba pelota tiene rato en eso ¿porque yo no? Lo de firmar papeles, reunirme y aceptar prebendas puedo hacerlo; quizás aquello que me desagrade sería escuchar los discursos del presidente pero al menos debemos agradecer que este presidente no hable tanto como el otro.

Bueno, bueno… hemos perdido el hilo

Pensándolo a fondo quizás no me convenga eso, no creo que pueda tolerar a ese montón de familiares y amigos pidiendome plata y favores todos los días,y el calor que hace allá en Venezuela es fatal; sin duda una cosa es el turismo y otra la emigración.

Luego de esos quince minutos donde se dibujó mi futuro, producto del slump, solo se me ocurrió salir corriendo a buscar a mi coach de bateo y en un atropellado inglés decirle:

'Mr Mosby I need help with my batting, just had a nightmare about coming back to  Venezuela.-

sábado, 10 de enero de 2015

El túnel


Como es la distorsión de la realidad eso que muchas veces nos mueve es que decidimos compartir este texto con estos 14 lectores que probablemente son los únicos que lean esto.

Nos dejamos llevar por ideas… ideas que a veces han tomado cuerpo y se han convertido en relatos, en cuentos y (lamentablemente) a veces hasta en poemas que aquí plasmamos o que guardamos para leerlos más delante y compensar así nuestra falta de autoestima… o nuestro de exceso de ella.

Quizás no tengamos qué escribir o quizás sí, de eso se trata el texto que aquí reproduzco que con la implícita aceptación de Eduardo Liendo me he tomado la libertad de traerles a uds. Esto no es un homenaje como el de Groucho, solo es un loco relatando sus locuras a otros locos.


“Una noche viví una pesadilla horrible, o sea, estaba dando vueltas por la ciudad en un viejo autobús destartalado. Iba junto con una gente muy rara que nunca había visto, aunque sí reconocí al Chingo, que estaba envuelto en una capa negra o tal vez llevaba puesto un disfraz de zorro, y casi frente a mí una vieja sin dientes me sacaba la lengua morada porque la pesadilla era en colores, también viajaba un enano que me lanzaba pedos en la boca y un gordo inmenso que no sé cómo pudo entrar en el autobús, ocupaba todo el asiento de atrás y a cada rato vomitaba una jalea verde; el chofer era un negro carbón que se me pareció al papa de Medianoche, pero no era el mismo, porque le faltaba una oreja y le pegaba gritos a los pasajeros y nos llamaba comemierdas, y yo me guindaba del timbre que era un cable pelado que me daba corrientazo, y yo también gritaba como loco ¡Coño pare, que me quiero bajar! ¡Chofer, déjame por aquí, que me quedo! Y no me paraba ninguna bola, y todo el mundo se reía, y el gordo que vomitaba era el que más se reía de mí a carcajadas y me hacía señas groseras, con el dedo tieso, y el enano pegaba brincos y chocaba su cabezota contra el techo del autobús, y la vieja desdentada se levantaba la falda y me enseñaba una totona grande y negra que sí tenía dientes, y también se reía como un animal raro, aunque dicen que los animales no se ríen, y yo desesperado le pedía ayuda al Chingo y él se encogía de hombros y me decía, aquí no hay parada, aquí no hay parada, y yo le veía la Z de Zorro en el pecho y pensaba que estaba tostado, o sea, loco de bola, y el autobús no paraba y yo seguía pegando lecos ¡Chofer, chofer, déjame aquí! Y eso provocaba más burlas, y todos comenzaron a cantar <<Pinocho fue a la guerra montando en una perra>>, y el enano comenzó a lanzarme huevos podridos y uno me explotó en el ojo, justo en el centro de mi frente, y eso lo puso a dar volteretas en el aire de la alegría y cambiaron la canción de Pinocho por otra que decía, >>el campeón es un ratón, el campeón es un gûevon, ja, ja, ja, ja>>, y yo quise pararme del asiento para golpearlos, o sea, para caerles a coñazos, y me di cuenta de que tenía dos muñones en vez de manos y eso me causo una gran desesperación, porque yo lo único que tengo son mis puños, y eso les provoco todavía más risa y no paraban de lanzar trompetillas y el gordo seguía vomitando, pero ahora la jalea era roja, como de sangre espesa, y el Chingo, mi sparring más querido, no hacía nada para defenderme sino que masticaba un guante de boxeo tranquilamente, como diciendo: ahora jódete, y aunque el autobús se le salió una rueda no paraba en ninguna parte para yo bajarme, y dimos muchas vueltas por mi antiguo barrio, por Caño Amarillo, y yo sacaba la cabeza por la ventanilla, pero nadie me reconocía y chillaba ¡Yo soy Teo el Campeón! ¡Yo soy el héroe del barrio! Y no me hacían ningún caso, y un tipo, para callarme, lanzó desde la acera tremendo peñonazo que casi me destroza la cabeza, y adentro seguían cantando <<el campeón es un ratón, el campeón es un gûevon>>, y yo seguí gritando por la ventanilla, pero todos en el barrio, hasta Pablote, que estaba parado en una esquina fumándose un tabaco, se habían olvidado de mí, y yo les decía ¡Mírenme! ¡Mírenme! No me he muerto todavía, pero ellos no tenían ningunas ganas de recordarme, y hacían como su yo no existiera. Eso me confundió mucho, porque me puso a pensar en plena pesadilla: ¿será verdad que estoy muerto? O sea, la pesadilla se hizo doble, lo que ocurría en el autobús t el miedo de estar muerto sin poder despertar. Entonces me dije, coño, éste no es el barrio de mi infancia, éste no es Caño Amarillo, esta vaina es el barrio del olvido. Y el enano me mostraba las bolas que no eran de enano sino de gigante y la totona de la vieja lanzaba mordiscos como un perro bravo ladrando, y el Chingo se cubrió la cara con la capa negra como desentendiéndose de mi después de haber sido mi compadre, y el chofer hundía mas el acelerador a pesar de que ya al autobús le quedaba una sola rueda, y todo le gritaban ¡púyalo! Y yo pensaba, ¿si es verdad que estoy muerto, cómo me voy a matar? Y así fue como entramos al túnel de mi infancia, adonde nunca había llegado el tren a pesar de los rieles. Pero en el túnel tomos me abandonaron, quedé íngrimo y solo, y por fin pude bajarme de aquel autobús sin ruedas. El túnel se había vuelto mucho más largo y oscuro, porque no se le veía el final, y me pareció que éramos mucho más pobres que antes, y no vi la mesa de la pata coja con su hule floreado, ni el fogón de las arepas, ni las mariposas tomates que a veces entraban, sino que miré puros murciélagos ciegos y con barba, y ranas enormes como cerdos, y un enorme perro negro que me gruñía y me mostraba los colmillos, y yo entendí en medio de aquella pesadilla que ese perro rabioso era la miseria que estaba esperando. Y yo intenté explicarle que yo era ahora un campeón mundial y tenía dinero y un lindo carro rojo, ya yo no vivo aquí, esto tiene que ser una equivocación de alguien, pero al oír eso todos comenzaron a reírse de mí, con risas escandalosas, los murciélagos barbudos, los sapos, los alacranes, las lagartijas sin cola, el único que no se reía era el perro que estaba muy serio, eran unas risas animales. Entonces fue cuando llamé a Modesta gritando enloquecido, pero ella no vino, y yo no podía encontrar la salida del túnel, porque no entraba claridad, porque ese era el negro túnel del olvido y yo esta extraviado, y allí me agarró la noche dentro de otra noche más oscura todavía, y se me fueron olvidando las manos y se me fueron olvidando los pies y se me fue olvidando hasta la voz de mamá, o sea, pensé que había llegado al pleno olvido, a un punto sin regreso, donde ya más nadie se acuerda de uno, pero entonces fue cuando escuché una voz muy dulce que me dijo: <<¿Qué te ocurre, Teo? ¿Qué te sucede, amor mío?>> Y era la voz de Noelia, la que fue el amor de mi vida, pero yo no podía responder porque me había olvidado de mí mismo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

No me ignores más, mira que en ti yo
estoy perdido.
No repitas, que lo que siento está
prohibido.
No me mires, si no es como te
miro.
No me pidas, que te deje en el
olvido.
No te encierres, yo te muestro lo
que digo.
No me esquives, sólo quiero estar
contigo.
No me digas no, y te regalare
suspiros...

martes, 7 de octubre de 2014

Placeres de 13 pesos

Un olor a perfume de Mujer me hace recordar dos cosas: Lo primero que se me viene a la mente es que necesito una mujer, lo segundo está relacionado a esa capacidad que tienen las féminas para seducir con solo su olor y lo tercero me hizo recordar a todos esos placeres baratos de la vida.

Ante todo me siento obligado a destacar que en el universo del placer, lo barato no es sinónimo de mala calidad, al contrario: lo simple le da ese sabor a cercanía que es muy difícil de ignorar.

En esta vida barata que ahora llevo he aprendido a encontrar placer en las situaciones más simples y con cosas tan cotidianas como un potaje de lentejas, un descuento en el supermercado, un día soleado y hasta en los múltiples usos que se le puede dar a un ex botellón de agua (la misma Martha Stewart quedaría pendeja).

              Lo  bueno de apreciar lo barato radica en que se aprende a elevar los niveles de satisfacción con aquellas cosas que ya no aparecen tan seguido en la tarjeta de racionamiento de la vida.



      Un embriagante perfume de mujer me ha llevado cuando son las 2:39 AM a salir de la somnolencia y escribir, ¡Cuan jodidamente bueno fue respirar ese aire! Una perfecta mezcla de fragancia y feromonas; algo así me sucede cuando una mujer pronuncia mi nombre. Sé que suena un poco raro, pero esta vida anonima te hace hasta olvidar las formas de tu nombre y créanme que escucharlo proveniente de la boca de una mujer le da un toque especial.

No me avergüenza lo económico, que no pobre, y como lo he sostenido ahora creo que soy un poco más feliz de esta manera; podría hasta jurar que Oprah Winfrey poseé todavía ropa interior de esa de toda la vida y qué mientras regala 700 iphones a su audiencia (porque Oprah es genial y lo puede hacer) está usando ropa interior de esa rota y vieja que todos tenemos y jamás botamos por la bendita comodidad que dan; no en vano han pasado largos años amoldándose a nuestra poca esbelta figura.

Hermanos y hermanas (¡Como un presidente, cárajo!) si usted es feliz haciendo cosas como ponerle azúcar a las caraotas siga haciéndolo, sin pena ni remordimiento, si siente placer comiendo sardinas con arroz ¿quién dice que no?; mientras sus placeres no perjudiquen a los demás no encuentro una razón a esta hora para que se detenga.

Eso me hace recordar lo absurdamente feliz que me hizo encontrarme un bolígrafo enterrado en playa Ramírez pese a la persecución de esos zamuros del océano que algunos llaman gaviotas (ya denuncié a las gaviotas: tienen orden de captura) 

Si confunden mi grandiosa nota con una oda al conformismo no entendieron qué les quise decir: váyanse a la mierda, yo seguiré con mis historias baratas y mi bolígrafo robado.



sábado, 13 de septiembre de 2014

Gracias TOTALES!!

Quienes realmente me conocen saben que una de mis pasiones es el rock argentino; tuve la gran suerte de crecer oyendo a Los Abuelos de la Nada, Virus, Zumo (Luca Prodan) y en fin, todas esas bandas que dejó la época post-malvinas, y esa música, como a todas las personas que oyen un determinado estilo, forjó mi carácter y personalidad con el pasar de los años... 
De todos los referentes de ese rock argentino, uno se destacó por encima de los demás, y brilló con una luz que aún después de que se apagó sigue brillando, cuando Ale me sugirió hace una semana que escribiera una especie de tributo a Gustavo Cerati, yo lo sentí como un gran honor, y quería que las letras aquí plasmadas fueran más trascendentales que las que uno ve en las redes sociales... 

Luego me di cuenta que para simplemente dar gracias no hacen falta grandes frases, simplemente tener el corazón en la mano y decir: "Gustavo, gracias siempre por tú música, que estuvo en grandes momentos y supo suavizar los malos... Gracias siempre, por hacer de tus canciones lecciones de vida... Para aprender a amar y también decir adiós cuando corresponda... Gracias, por ese "Puente" que estuvo conmigo aquel Diciembre 2012 que fue tan hermoso para mi... Y Gracias sobretodo, por eso que muchos han pensado, pocos han intentado, y sólo tú has logrado: una anhelada integración suramericana, esa que lograste con tu música. 

Por esto, y más... Por siempre GRACIAS TOTALES, sólo espero que allá arriba junto a "El Flaco" Spinetta, toques una versión brutal de Bajan"


Cortesía de @jmontenegrop